Otro ilustre inglés, el filósofo y hombre de estado, sir Francis Bacon, vizconde de St. Albans y barón de Verulam (1561-1626), conceptuado por Voltaire como el fundador del empirismo, teoría filosófica según la cual el conocimiento sólo se obtiene por medio de los sentidos, dio a conocer en su país la existencia de nuestra bebida.
Tras la muerte del filósofo, su secretario William Rawley publicó, en 1627, “Sylva Sylvarum o una Historia Natural”. En diez siglos en la cual aparece una de las más antiguas descripciones del café de la literatura inglesa:
Hay en Turquía una bebida llamada coffa, hecha con una baya del mismo nombre, tan negro como el hollín, y con un fuerte olor aromático que se bebe muy caliente…».
La llegada del café al público inglés estaba próxima, puede decirse que los ingleses fueron los primeros europeos en entusiasmarse con el café y los primeros en abandonarlo. En 1637, un escritor experto en arte, John Evelyn, escribió en sus “Memorias” que un griego llamado Nathaniel Conopios había sido el primero en tomar café en Oxford y que quizá por él se pudo abrir el primer café en Inglaterra, hecho que, efectivamente, tuvo lugar en Oxford en 1650.
Gracias a las relaciones comerciales que Marsella había mantenido con la zona oriental del Mediterráneo, los marselleses tuvieron un conocimiento del café muy temprano. El viajero francés Pierre de la Roque ya había propagado allí, entre sus amigos, el consumo de café que él había traído de Estambul, lugar donde lo conoció en un viaje en que acompañó al embajador Jean de La Haye en 1639-1641 a Turquía.
En 1644 trajo de un viaje al Levante, además de una pequeña provisión de café, los instrumentos que se empleaban para prepararlo en Oriente, tazas, cafeteras, etc. Así se dice que gracias a De la Roque, Marsella se inició en el consumo de café y de ahí pasó a comerciar con él. Su hijo Jean (1661-1745) publicó, con mucho éxito, un libro titulado “Viaje a la Arabia Feliz” por el océano oriental & el estrecho del Mar Rojo: Hecho por los Franceses por primera vez, en los años 1708, 1709 & 1710.
Con la relación particular de un viaje hecho del puerto de Moka a la Corte del Rey de Yemen, en la segunda expedición de los años 1711, 1712 & 1713. Una memoria concerniendo al árbol & el fruto del café, redactado sobre las observaciones de los que han hecho este último viaje. Y un tratado histórico del origen & del progreso del café, tanto en el Asia como en la Europa; de su introducción en Francia, & de el establecimiento de su uso en París. Este libro, cuyo título excusa comentarios, recoge informaciones de viajes realizados por el capitán de La Merville que mandó la primera expedición, además informa del cultivo y el comercio del café en el Yemen, según De la Grelaudiere y dos médicos de barco, los cirujanos De Noier y Barbier.
Además de esta información sobre el café en el Próximo Oriente, en la última parte de esta obra excepcional, se ocupa también de contar todo lo relativo al consumo de café en Europa, especialmente en París.
Otro viajero francés, Jean de Thévenot (1633-1667), también se nombra por algunos autores como introductor del café en Marsella. Autor en 1664 de un libro titulado “Relation d’un voyage au Levant” en que narra el viaje que a partir de 1652 realizó por Egipto llegando hasta la India.
Se le atribuye la introducción del café en su país. Afirmó en su obra Dessein de voyager haber viajado «solamente por la curiosidad y la pasión de aprender». Recomienda para hacer café que se proceda como sigue:
[…] ponga agua a hervir en un ibrik, cuando hierva añada todo el
café que quepa en una cuchara de sopa, y cuando suba el hervor
quite el ibrik del fuego, o mejor déle vueltas con una cuchara con
el fin de que no se salga lo mejor. Cuando la ebullición se haya levantado
12 o por lo menos 10 veces, póngalo en tazas de porcelana
y ofrézcalo a los comensales.
El puerto de Marsella llegó en poco tiempo a ejercer el monopolio del comercio cafetero de Europa, ya que estableció acuerdos con los comerciantes yemenitas para que el café destinado a Europa debiera ser desembarcado en este puerto francés. Durante la segunda mitad del siglo XVII gana progresivamente el mercado del café para Europa, aparece sin duda como un almacén para el «moka» del que el Yemen constituye el único yacimiento. Marsella redistribuye entonces ampliamente el café obtenido en mercados principalmente egipcios, especialmente de El Cairo.
El texto español más antiguo donde hay referencias al café es el libro de Pedro Teixeira (1575-1640), portugués, ya que nació en 1575 cerca de Coimbra, pero al servicio del rey de España, pues en la fecha de su expedición las Coronas de España y Portugal estaban unidas, era el tiempo llamado «de los Felipes» en Portugal.
El título de este libro es “Relaciones de Pedro Teixeira d’el origen, descendencia y svccessión de los Reyes de Persia, y de Harmuz, y de vn viage hecho por el mismo autor dende la India Oriental hasta Italia por tierra”. Contiene descripciones muy interesantes sobre el café, tanto de la semilla, de la bebida, de los lugares donde se consumía, como de los efectos que producía:
Hay otra manera de bebida muy uzada por toda Turquía, Arabia, Persia, y Surya dicha «Kaoáh», es una simiente, muy semejante à pequeñas havillas sequas, trahese de Arabia, cuezese en casas para ello deputadas, al cocimiento es espeso, sobre negro, y incipido, y si algun gusto o sabor tiene es declinente àmargo, pero poquísimo y en estas casas se juntan todos los que quieren, y por unas escodillas de porcelana de China que llevaran hasta quatro o cinco onças, van dando à los que piden, que tomadas en la mano bien calliéntes estan soplando y sorviendo: dizen los que la suelen bever; que es de provecho para el estomago, para las ventosidades y almorranas, y quedespierta el apetito [dice tambien que el café se tomaba en una casa] construida a este fin. Esta casa estaba cerca del río, sobre el cual tenía muchas ventanas y dos galerías, siendo un lugar muy placentero.
En época muy próxima a la anterior tenemos los Comentarios de don García de Silva Figueroa de la Embajada que el rey de España don Felipe III hizo al Rey Xa Abbas de Persia. Se trata del informe de la embajada enviada por Felipe III al Sha de Persia en la cual iba García de Silva y Figueroa (c. 1574 – c. 1628) como embajador.

Grabado francés representando las tres bebidas exoticas. El indio bebe chocolate, el chino bebe té y el árabe café.
Cuenta que en 1618 en Isfahán le fue ofrecido café por primera vez. Tiene descripciones sobre la bebida del café y los grandes establecimientos de café de Isfahán. La embajada no dio el fruto político para el que había sido enviada porque el Sha de Persia no accedió a traspasar a España las concesiones mercantiles que había hecho a los portugueses, pero el embajador Silva y Figueroa nos dejó un relato muy interesante de su viaje.
Carlos II el Hechizado (1661-1700) fue el primer rey de España en tomar una taza de café que le fue ofrecida por el rey de Francia Luis XIV en el castillo de Fréÿr, junto al río Mosa, en Bélgica, en 1675, al reunirse ambos reyes en la firma del que fue conocido como Tratado del café. Todavía en el siglo XVII, en 1689, se publicó en España el libro titulado “Carta que escribió un Médico Cristiano, que estaba curandoen Antiberi,a un Cardenal de Roma, sobre la bebida del Cahué o Café”.
El autor, Juan Bautista Juanini (1636-1691), explica, como médico y amigo, al cardenal cuyo nombre no aparece, la utilidad del café como medicina:
“Esta bebida será muy útil al temperamento de V. Em. y muy correctiva de los achaques que padece […] el Cahué es bebida tan ordinaria (corriente) entre los Turcos, Persianos y Moros, que no solo se gasta en cualquier casa, sean Señores o plebeyos pero aún se vende en los principales puestos de las ciudades […]
Dice también que en los palacios de la gente principal se da a los visitantes el café:
«en hermosísimas xícaras de Porcelana finísima: y se ha de beber a sorbos; porque importa muy caliente, quanto se pueda sufrir».
También describe
«…la calidad ymodo de hazer del caphe, y del the, y para que enfermedades aprovechan estas bebidas».
En el siglo XVII en España todavía el café era considerado una curiosidad o una medicina más que una bebida placentera.
En el siglo XVII, el médico holandés Cornelius Dekker, conocido por el sobrenombre de Bontekoe, en sus obras “Medizinischen Elementarlehre” y otras, desarrolló un sistema para curar a sus pacientes por medio del té y del café. Les hacía ingerir hasta cincuenta tazas de té al día, y con el café comenzaba por diez en el desayuno y continuaba con todas las que el paciente pudiera tolerar. Su tratamiento tuvo tanto éxito que el príncipe elector de Prusia, aquejado de pelagra, lo mandó llamar a Berlín para someterse a su tratamiento. La pelagra del príncipe se curó y el consumo del café en Alemania, como ya había sucedido en Holanda, se popularizó aún más de lo que ya estaba. Fue acusado en 1680 por sus colegas de depravar a toda la Europa del norte por defender el café y el té y, sobre todo, por manifestar que los turcos eran superiores a los cristianos, pues en lugar de embrutecerse con el vino despejaban su espíritu con el café.
El padre de Cornelius Dekker tenía una posada en cuya puerta lucía un cartel con una vaca con manchas negras y blancas. El nombre de este animal en holandés es bontekoe, y así llamaban a Dekker sus amigos. Dando prueba de su sentido del humor, Dekker lo utilizó como seudónimo en sus escritos, incluso en los más serios y científicos. El doctor Bontekoe quizá exageraba en sus tratamientos cafeteros, pero su opinión acerca de que los cristianos se embrutecían con el alcohol no iba descaminada en absoluto. Hasta que se generalizó en Europa la costumbre de beber café, lo que se tomaba en grandes cantidades era cerveza. El desa yuno, incluso el de los niños, consistía en muchos casos en comer pan empapado en cerveza a la que se habían añadido unos huevos. A media mañana se hacía un alto en el trabajo para trasegar una buena pinta de cerveza. El cambio de este «almuerzo» por el actual coffee break o «pausa café» redundó a corto plazo en el mejor rendimiento de los trabajadores y en un aumento de su lucidez. El aumento del consumo de café alcanzado en Oriente Medio y después en Europa hizo que su demanda aumentase, con lo cual su precio se convirtió en algo tentador para cualquiera que quisiese comerciar con él. El monopolio yemenita se defendía controlando, en todos los puertos del país, que no saliese ninguna planta de café, e incluso despojando a los granos del pergamino (especie de funda que protege al grano) y sumergiéndolos en agua hirviendo para que su poder germinativo desapareciese. Así surgieron las historias fantásticas acerca de cómo la planta del café apareció en otros países a pesar del férreo control que los yemenitas ejercían sobre ella.
Es célebre la que cuenta cómo Baba Budan, un peregrino musulmán, procedente de la India, a su regreso de La Meca sustrajo en el Yemen exactamente ca torce semillas con las cuales creó una plantación en la costa Malabar de la India. Junto a leyendas como ésta aparecen otras más o menos creíbles como la que asegura que un corsario holandés arrasó una plantación yemenita llevándose a Java plantas y simientes. Quizá más cercano a la realidad sea que los holandeses compraron, en Moka, las plantas y las llevaron a cultivar a Batavia (actual Yakarta), Java, en las Indias Orientales. Este negocio lo realizó Pieter Van der Broecke (1585-1640), mercader y marino holandés que al servicio de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (Verenigde Oost-Indische Compagnie o VOC), fundada en 1602, dedicó su vida a la exploración comercial en África Oriental y Occidental. Buscando la obtención de semillas o plantas de café, hizo varios intentos, a partir de 1614, de establecer relaciones comerciales con Yemen. Tras varios fracasos en Adén y en Sanaa (1616), consiguió dos años más tarde la autorización para abrir una factoría en Moka. En 1628, por fin, logró permiso para transportar y comerciar con café. Una fuente de semillas y plantas seguía siendo el país cuna del café, Etiopía, donde se recolectaba y vendía en mucha menor escala que en el Yemen. Cualquier comerciante interesado en cultivar café pudo obtener plantas salvajes etíopes y semillas cogidas directamente de la planta. Como ya hemos visto, en 1650 se abrió en Oxford el primer establecimiento cafetero de Inglaterra. En 1656 se abrió en Londres el Café Rainbow y se dice, quizá exagerando bastante, que en 1700 había más de tres mil cafés en la capital británica. Este entusiasmo por el café decayó pronto a favor del consumo de té, bebida nacional por excelencia del Reino Unido. Un café, el Lloyd’s Coffee House de Tower Street, que regentaba en 1685 en Londres Edward Lloyd y donde se reunían armadores de buques, marinos, comerciantes y otras personas relacionadas con el tráfico naval, dio lugar a Lloyd’s of London, famosa comunidad aseguradora británica. Mister Lloyd, hombre astuto y gran comerciante, publicaba en un boletín llamado Lloyd’s News todas las noticias y comentarios que se oían en su café. Poco a poco se comenzó a dedicar a gestionar pólizas de seguros y tasas de fletes. Su sucesor fue dando más importancia a esta actividad que al café, se asoció con varios aseguradores privados creando una sociedad que con el paso del tiempo se ha convertido en una de las mayores compañías de seguros del mundo. Todavía en el siglo XVII los cafés no servían cerveza ni otras bebidas alcohólicas, por lo que las mentes de sus clientes, al tomar solamente café, estaban totalmente despiertas y preparadas para realizar los negocios que en el Lloyd’s se llevaban a cabo. En la corte de Francia también era conocido el café a finales del siglo XVII, ya que había sido presentado al rey Sol, Luis XIV de Francia, por el embajador turco Solimán Aga en 1669. El año siguiente envió Luis XIV embajadores al Imperio otomano (de 1670 a 1678) a los que como experto en lenguas orientales acompañó Antoine Galland (1646- 715). Durante estos viajes, y como anticuario real, Galland compró diversas antigüedades para el rey Luis XIV y su ministro Colbert, entre ellas libros muy importantes, como el conocido actualmente como Manuscrito Árabe 4590, escrito en 996 de la Hégira (1587 d. C.) por Abd al-Qadir b. Muhammad al-Ansary al-Jaziri al- anbali. Escribió varias obras sobre sus viajes, como Diario, Relación de la muerte del Sultan Osman, y muchos más, pero su mayor fama la debe al hecho de haber sido el descubridor y primer traductor de Las Mil y una Noches. Fue también Galland autor de una obrita titulada De l’origine et du progrès du café 13, librito/carta a M. Chassebras de Chamaille en donde cuenta a este señor, gran aficionado al café, la historia de esta bebida, según aparece en un libro en árabe que él mismo compró para el rey en Turquía. En Italia se fundaron cafés muy célebres y que aún hoy existen, como el Quadri y el Florian en 1683 en Venecia, y el Greco en Roma. En 1670 en la colonia británica de Massachusetts, fue obtenido permiso para vender café por Dorothy Jones, lo cual indica que este producto ya interesaba allí como mercancía. En 1683 llegó a Viena un importante cargamento de café como provisión del ejército otomano que sitiaba la ciudad. Al levantar el cerco y retirarse, dicho ejército abandonó esta carga que fue pedida por un espía del ejército austríaco, un polaco llamado Kolschizky, como pago de sus servicios. Kolschizky había vivido en Turquía y sabía qué era el café y para qué servía. Con este café surtió el establecimiento que montó en la capital austríaca, llamado Zur Blauen Flasche (La Botella Azul, actualmente desa parecido) donde se dice que modificó la forma turca de saborear el café endulzándolo con miel y colándolo para evitar que los posos aparecieran en la taza, además de añadirle leche. También se le atribuye la invención del croissant al haber encargado a un panadero que le hiciera un dulce con la forma de la media luna turca, es decir el «cuarto creciente» o croissant en francés. Alrededor de 1690 se estableció en Viena Deodotus Damascenus en donde montó un establecimiento en el que se servía café. Damascenus, armenio nacido en Damasco (también conocido como Johannes Diodato o Diodato a secas), viajó en 1669 a Roma donde aprendió el latín y se hizo cristiano, gozando de la protección de los jesuitas. Este astuto armenio supo en Viena que en Praga no había ningún café, y viendo el éxito que estos establecimientos tenían en la capital austríaca invirtió todo su dinero en sacos de café y se dirigió con ellos a la ciudad bohemia. Una vez llegado a Praga se encontró con grandes dificultades para establecerse, pero gracias a su vinculación con la Compañía de Jesús, obtuvo el permiso pertinente montando un café, el primero de Praga, en la céntrica calle Karlova, cerca del puente de Carlos IV. El incremento de la demanda que produjo la expansión del consumo de café por Europa hizo que los precios del grano alcanzaran cifras muy elevadas. Los beneficios que este monopolio producía al país yemenita eran muy tentadores para cuantos se dedicaban al comercio en aquella época. Los holandeses fueron los más afortunados, ya que, por las buenas o por las malas, consiguieron obtener simientes y plantas para iniciar un cultivo comercial en sus posesiones del océano Índico .


