Como ya hemos visto, los orígenes del consumo del café son oscuros, ya que a nadie le pareció que se trataba de un acontecimiento importante, del comienzo de una costumbre que tendría gran relevancia en el mundo en tiempos posteriores. Un historiador de la importancia de Jules Michelet atribuye a esta bebida la aparición en Occidente de una civilización iluminada, dice del café:
«sobrio licor, poderosamente cerebral, que, al contrario que los espirituosos, aumenta la claridad y la lucidez […] que, de la realidad bien vista, hace surgir la chispa y el relámpago de la verdad».
Los historiadores, cuando se han de referir a la Prehistoria, es decir, a la época en que los hombres no escribían sobre los acontecimientos que se producían o los hechos que llevaban a cabo, parten de cuantos materiales les proporciona la arqueología u otro tipo de fuentes no escritas. Algunos escritores cuando han intentado buscar la prehistoria del consumo del café, ante la falta de fuentes no solamente escritas sino de hallazgos arqueológicos, han querido ver referencias al café en escritos de la Grecia clásica, en la Biblia, e incluso en leyendas que circulaban por los países orientales donde empezó a consumirse este producto.
Las historias del café que aparecen en muchos libros mezclan normalmente hechos históricos con leyendas, incluso con fantasías desbordantes. La verdad es que algunas demuestran un verdadero derroche de imaginación por parte de sus autores. En 1700, Georg Pascius o Pasch (1661-1707), de Danzig, pretendió dar al café un origen bíblico, quiso ver en el libro primero de Samuel, capítulo XVII, versículo 23, que cuando Abigail ofrece a David «doscientos panes, dos odres de vino, cinco carneros, cinco medidas de grano tostado…, haciéndolo cargar todo sobre sus asnos» estos granos, quizá por el hecho de estar tostados, deberían ser de café. Esta teoría piensa Pascius que se confirma cuando en su segundo libro Samuel (17, 28) dice que le ofrecen a David «camas, alfombras…, trigo, cebada y harina, granos tostados…».
Pierre Etienne Louis Dumant (1759-1829), pastor calvinista suizo, pretendía que el plato de lentejas por el cual vendió el glotón Esaú la primogenitura a su avispado hermano Jacob eran realmente granos de café.
Pietro della Valle (1586-1652), patricio romano que realizó un viaje a Oriente entre 1614 y 1626 sobre el cual publicó un libro titulado Viaje a Turquía, Persia e India, afirma en este libro, y pretende demostrar, que la bebida que Homero en la Odisea llama nepentes y preparaba Helena para Telémaco, era café. También con referencia al mundo helénico hay quien afirma que la famosa «sopa negra» de la que se alimentaban en Esparta podría ser café.
Una buena muestra puede ser el médico inglés Robert Burton (1577-1640) que escribía en la primera mitad del siglo XVII el libro The Anatomy of Melancholy, impreso en 1621, en donde dice:
Los turcos tienen una bebida llamada café (porque ellos no usan del vino), llamada así por un grano tan negro como el hollín, y tan amargo (como la bebida negra que se usaba entre los lacedemonios, y quizás la misma), que ellos beben a sorbos tan caliente como lo pueden resistir.
Esta obra, calificada por su autor de trabajo «filosófico, médico e histórico», obtuvo gran reconocimiento a partir de su publicación, durante la Ilustración perdió la consideración que había tenido, pero la recuperó a partir del siglo XIX.
Otra historia igualmente fantástica es la que Abu Tayyib al-Ghazzi relata a finales del siglo XVI según la cual el rey Salomón, al ver las enfermedades que sufrían los habitantes de su pueblo, inspirado por el arcángel Gabriel, tostó granos de café procedentes del Yemen, preparó una bebida con este café tostado, la repartió a los enfermos y todos curaron. Al parecer, el arcángel Gabriel era el especialista celestial en café, ya que otra leyenda afirma que encontrándose un día el profeta Mahoma terriblemente fatigado se le apareció este ángel y le hizo tomar una bebida negra, supuestamente café, tras lo cual recuperó las fuerzas de tal manera que era capaz de vencer a cuarenta hombres en combate y hacer felices en el lecho a cuarenta mujeres. Esta leyenda fue recogida por sir Thomas Herbert, viajero inglés del siglo XVII, en su libro “Relación de algunos viajes por diversas partes de Asia y África, etc. (1638)”.
También describió Herbert la gran afición que los musulmanes sentían por una bebida llamada «coho o copa» y que los turcos y árabes llamaban «caphé o cahuah», por considerar que «tomada muy caliente disipa la melancolía, purga la cólera, engendra alegría». Quizá la mayor virtud que se le atribuía, si hacemos caso al viajero Herbert, era que el «cahua» o café despertaba el deseo sexual. No debemos olvidar al legendario pastor Kaldi, a quien Fausto Nairone Banesius (1635-1711), atribuyó el descubrimiento de las propiedades del café gracias a sus cabras bailarinas.
Nairone, monje maronita de origen sirio, profesor en Roma de lenguas orientales, fue autor de una obra titulada “De saluberrima Cahue seu Café nuncupata Discursus”, publicada en Roma en 1671 en la que recoge las leyendas del pastor Kaldi y el santo de Moka relativas al descubrimiento del café. Este cuentecito que Nairone Banesius escribió llevado del interés de dar un origen cristiano a una bebida de procedencia netamente musulmana ha tenido un éxito que su autor nunca debió pensar que obtendría.
En cualquier escrito que se refiera al café, escritores poco exigentes con la historia del producto refieren esta historieta como cierta. A Nairone se opuso el doctor James Douglas (1675-1742), miembro honorario del Royal College of Physicians y miembro de la Royal Society, ambas de Londres. En su obra “Yemensis fructum Cofe ferens”, hace una descripción del árbol del café. Esta obra publicada en 1727 desmiente la historia de Nairone Banesius sobre las cabras y el descubrimiento del café, así como informa de que los árabes, en aquel tiempo, usan de cualquier método para impedir el cultivo del café en otros países.
Todo esto pudo ocurrir así o quizá de otra manera, ya que nadie lo recogió en su momento en ningún documento escrito ni en objetos, pinturas o esculturas que haya podido estudiar ningún arqueólogo. Las noticias escritas que se refieren al café, claramente no aparecen hasta el siglo XVI, cuando su consumo ya se hallaba fuertemente arraigado en el mundo islámico y así lo narraban los viajeros occidentales en los informes que a la vuelta de sus viajes publicaban.
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